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| Entre dos utopías urbanas |
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Santiago del Nuevo Extremo, como todas
las ciudades nacidas el calor de la conquista española,
fue erigida como producto de un sueño. Se alojó,
antes que sobre la materialidad del terreno, en la fantasía
del papel y de los reglamentos provenientes de la metrópoli.
Las utopías urbanísticas del Renacimiento (especialmente
la utopía de Tomas Moro, de 1516) encontraron su ocasión
dorada en este Nuevo Mundo que permitía a los europeos
proyectar su recién entrenada modernidad. Contra lo que
se suele creer, las emergentes ciudades coloniales constituían
la vanguardia del pensamiento racional, la punta de lanza del
clasicismo que resurgía en las cortes europeas. Paradójicamente,
en la América de naturaleza excesiva se ensayaba el modelo
urbano que los humanistas del Viejo Mundo estaban promoviendo.
Más de un siglo antes, en 1420, habían sido descubierto
los escritos de Vitrubio, en gran arquitecto del tiempo de Augusto.
Sus paginas propiciaron un replanteamiento profundo del urbanismo
del Quattrocento. La exigua respuesta que el padre de la arquitectura
occidental obtuvo, según parece, entre sus contemporáneos,
fue compensada por el culto casi idolátrico que le profesaron
los renacentistas. Estos, apoyándose en las teorías
del maestro, aprendieron a concebir la ciudad como plasmación
de una idea previa. Según Vitrubio, existía la
ciudad ideal, orgánicamente diseñada, con la lógica
inflexible de un cuerpo o de una maquina. La ciudad, como diría
Leonardo de la pintura, era cosa "mentable". No estaba
abandonada al arbitrio. Aparecía, así, un estilo
de urbanismo internacional "avant la lettre" que pretendía
conformar una ciencia, si no exacta, al menos estricta.
Los humanistas vendieron con entusiasmo esta visión a
unos príncipes devorados por la fiebre constructora.
A la España de los Reyes Católicos y de Carlos
V llegaron las vibraciones de la nueva época, y América
sirvió de semillero de unos revolucionarios conceptos,
que tan útiles eran en esos años desbordantes
de la Conquista. En seguida los conceptos, transformados en
ordenanzas, operaron como un arma política formidable.
Santiago tuvo, pues, su hora cero en que de la tinta pasó
a la realidad. Su trazo y su destino se fraguaron en la mente
de los burócratas peninsulares que ganaban su sueldo
controlando meticulosamente a los alucinados aventureros del
otro lado del Atlántico. Había que imponer orden,
claridad. Había que teledirigir sin contemplaciones los
espacios ganados para el imperio. La racionalidad era la norma.
Con este objetivo, se apeló al seguro recurso de la cuadrícula
como módulo básico para definir los ámbitos
urbanos. La cuadra (insula, como la llamaban los romanos) se
fue reproduciendo "a cordel y regla" hasta formar
cientos de clónicas ciudades-damero a lo largo de todo
el continente. Santiago fue una de ellas. La sucesión
de edificios bajos, el ritmo cadencioso de las calles repetidas
a distancia fija, provocaban en el paseante un hipnótico
vértigo horizontal. Era la mejor metáfora de la
existencia rutinaria y algo somnolienta de los largos años
de la Colonia.
Las diferencias entre los nuevos poblados las proporcionaban
el paisaje y la meteorología. Y en este punto la ciudad
fundada por Pedro de Valdivia era privilegiada. Se asentaba
al pie de la ineluctable hierofanía de los Andes. Gozaba
de la sucesión armoniosa de cuatro equilibradas estaciones.
Los pequeños cerros interiores servían de mirador
y atalaya. Había vegetación variada, posibilidad
suburbana de frutos agrícolas. Solo el temperamental
río Mapocho, cuyo caudal oscilaba entre la rabia y la
desgana, ponía una nota maníaco-depresiva a un
perfil urbano tan insoportablemente ecuánime. También
estaban los temblores, que otorgaban un margen de azar y de
tragedia.
Durante siglos, la crónica menuda de Santiago se deslizó
a través de la monotonía de sus acequias y sus
desnudas calles, dio vueltas de noria en torno a la provinciana
Plaza de Armas. En derredor de este perfecto cuadrilátero
sin edificaciones, tutelado por todas las sedes del poder, las
casillas del damero se reproducían trabajosamente.
En 1818 aquel polvoriento poblachón recién convertido
en capital no llegaba a albergar cincuenta mil almas. Después
de la Independencia, el perímetro fundacional trazado
por la Cañada, el Mapocho y el cerro Santa Lucía
se fue extendiendo por el flanco abierto del poniente, y también
se fueron ensanchando los límites por el norte y por
el sur; vadeando el río y trasponiendo la Alameda de
las Delicias. El crecimiento por el oriente fue el último
que prendió en la ciudad, aunque iba a ser el más
poderoso.
Desde 1891 la expansión fue tal que se crearon sucesivamente
las nuevas comunas de Ñuñoa, San Miguel, Maipú,
Renca, Providencia, Las Condes, Quinta Normal. Con la ley de
Autonomía Municipal promulgada aquel año, los
nuevos concejos pudieron ofrecer terrenos en condiciones favorables
para atraer a los vecinos de la capital. Eran espacios netamente
residenciales, que respondían a los requerimientos de
los distintos niveles socioeconómicos. Rodeaban a Santiago,
que se afirmaba como centro neurálgico y punto obligado
de referencia para acceder a servicios administrativos, financieros,
comerciales, docentes y recreativos.
La burguesía recién enriquecida construyó
allí sus nuevas mansiones con arquitectura y mobiliario
europeos, y dotó a su capital de edificios simbólicos
de prestigio, como el Congreso, la Biblioteca Nacional, el Palacio
de Tribunales, el Club Hípico. Se levantaron los nuevos
barrios de La Bolsa, Brasil, París-Londres, Villavicencio,
los pasajes comerciales del centro. No faltaron los pastiches
parisinos del Petit- Palais y el Sacré-Coeur (Bellas
Artes e Iglesia de los Sacramentinos), e incluso la curiosidad
de una Alhambra de bolsillo. Santiago, manteniendo el trazado
motriz de la cuadrícula, quedo impregnado por una feliz
babel de estilos arquitectónicos que florecieron, sobre
todo, en la entonces prospera zona poniente. Había argumentos
para creer que el grueso de la aristocracia nacional había
decidido asentarse sólidamente en la comuna. |
| Fuente: "Santiago Plaza Capital" |
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| Autor: Rafael Otano Garde |
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| La
estampida silenciosa |
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Pero entre los años 30 y 40 de esta centuria comenzó
a producirse una silenciosa estampida de las clases acomodadas,
que se desplazaban en dirección a la Cordillera. Las
familias de sociedad abandonaban sus elegantes residencias
de los barrios Brasil, Ejército, Dieciocho... Desertaban
de sus antiguos rincones de infancia y de la entrañable
Europa criolla que ellos mismos habían creado. Las
siguieron gentes de sectores medios contagiadas por el mismo
virus cordillerano. Decían adiós a un estilo
de convivencia entre frívolo y patriarcal, a una vida
de austeros patios interiores y de festivas calles compartidas.
Bajo el reclamo de la exclusividad e imitando el ejemplo de
los inmigrantes extranjeros (ingleses y alemanes, principalmente),
buscaban espacios al aire libre, los placeres bucólicos
de la ciudad-jardín. El Gran Santiago estalló
a ritmo acelerado en todas direcciones, creció olvidándose
de sí mismo, huyendo en continua mudanza de su historia
más profunda. Se prefiguraba una ciudad discriminante
e invertebrada, tal como ha llegado a ser.
Mientras tanto, la comuna-capital, con una tendencia contraria
a la predominante en la exitosa periferia, experimentada una
pérdida de vecinos. Si al comenzar la década
del 30 superaba el medio millón de habitante, en el
año 1940 la población descendía a cuatrocientos
cuarenta mil, en el 52 había bajado a cuatrocientos
treinta mil, y en el 60 a cuatrocientos mil. La caída
vertiginosa aconteció entre 1960 y 1982, cuando Santiago
se hundió en los doscientos treinta mil habitantes.
La comuna-capital, como otros centros capitales del mundo,
disminuía su población.
Este dramático declive demográfico fue inevitable
acompañado por un descalabro urbanístico. El
despoblamiento de la comuna se manifestó en el descuido
de los espacios comunitarios y en la invasión de misceláneos
negocios que rompían la armonía de la vía
pública. Numerosas mansiones señoriales fueron
divididas y subarrendadas, o dedicadas a talleres y bodegas.
Fachadas, veredas y plazas de muchas partes de la ciudad sufrieron
las consecuencias de la masiva deserción de sus primitivos
usuarios. La inversión se congeló (se concentró,
sobre todo, en la dinámica zona oriente), barrios enteros
fueron abandonados a su suerte y abundaron los sitios eriazos.
Los residentes que quedaron (y quedan) son, en general, personas
de bajos recursos que han tenido que acomodarse a un entorno
habitacional degradado. Escritores del Santiago profundo,
como José Donoso, Jorge Edwards o Isabel Allende, han
retratado el apogeo y la crisis de las casas de sus abuelos.
Esos inmuebles encantados son lugares proclives al delirio,
los restos de un naufragio que ha nutrido el realismo mágico
propio de Chile.
El dramaturgo Egon Wolff describe así la casa-escenario
de su obra teatral "Fue en su tiempo, a comienzos de
siglo, una buena propiedad de promisorio barrio de arrabal
residencial. Los antojos urbanísticos desviaron, sin
embargo, el cauce del crecimiento de la ciudad, y lo que prometió
ser el refugio de una pudiente burguesía es hoy tan
sólo un rincón de adobe y polvo que resiste
difícilmente el abandono de la civilización".
Es la voz de la nostalgia, de un trauma que por dos generaciones
acongojó a las clases dirigentes santiaguinas. Ellas
mismas convirtieron sus espacios de gloria en parajes fantasmas,
en los cuales se cebó la indolencia.
En un artículo de 1963 sobre Santiago, Joaquín
Edwards Bello, el más ácido cronista de la ciudad,
arremetía contra la lacra de lo que él llamaba
el "imbunchismo", "esas fuerzas secretas enemigas
de la hermosura". Ponía ejemplos de su maléfica
acción: "Así", dice, "pasó
con la Pérgola de las Flores de la Plaza San Francisco.
Esa joya fue mutilada y conducida al lugar más feo
de Santiago. Nuestro cerro Santa Lucia es otro monumento hermoso
acechado por el imbunchismo. Poco a poco lo desnaturalizan....
La Casa Colorada, el llamado Palacio Arzobispal, el Pasaje
Edwards, las estaciones Central y Mapocho, han visto sepultar
sus fachadas bajo kilos de avisos, de pinturas diversas, de
telones comerciales de pésimo gusto".
Edwards Bello, amante burlado del Santiago de la primera mitad
de siglo, hablaba desde el recuerdo de una ciudad que se le
esfumaba y que ya no podía reconocer como suya, El,
a pesar de todo, no capituló y siguió viviendo
en la envejecida zona, antes aristocrática, del Poniente,
hasta su muerte acaecida en 1968.
Santiago Centro adquirió muy mala prensa. Se afianzó
la opinión de que la capital era un lugar feo, ruidoso,
contaminado e inseguro. Se lo consideraba el receptáculo
de lo decadente, de lo pasado de moda, del mal gusto. Vivir
en sus calles no proporcionaba ningún prestigio social
y muchos pequeños funcionarios preferían sufrir
incómodos traslados de una hora -mañana y tarde-
antes que instalarse en alguna vivienda del centro, cerca
de su pupitre de trabajo. Los empresarios que estaban construyendo
frenéticamente en las demás comunas se sentían
dichosos de esta mala fama que tantos beneficios les reportaba.
Se cayó en la caricatura: el río Mapocho fue
asociado con la suciedad, el cerro Santa Lucía con
la violación y el hurto, la Quinta Normal con la marginación
y la pobreza. Los viejos clanes hacían circular profecías
autocumplidas, proyectaban la mala conciencia que les causaba
la infidelidad a sus raíces. Un muro de prejuicios
se había levantado a las puertas invisibles de Santiago.
Iba a ser muy difícil derribarlo. |
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| La
Ciudad soñadora |
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A pesar de este panorama tan poco auspicioso, la capital
disfruto de un largo momento de gloria como ciudad soñadora,
vinosa y abierta a los goces mundanos de la cultura. Fue en
los decenios del 40 al 70, golpeados por la desmesura, cuando
las gentes de dinero partieron con sus bibliotecas, sus baúles
coloniales, sus platerías inglesas y sus jarrones chinos;
el vacío espiritual fue llenado por una vibrante explosión
de la literatura, el arte, el periodismo y otras disciplinas
poco lucrativas. La Universidad de Chile, desde su solemne
arquitectura decimonónica, era la institución
más acreditada del país y aparecía como
un fomento de actividad intelectual proyectada hacia toda
América Latina y como un antídoto a tanta desmemoria.
La Universidad Católica había ganado también
gran prestigio. Eran años inquietos, y muchos políticos,
académicos y artistas nacionales y extranjeros arribaban
ilusionados a la capital.
Surgió un cierto fervor noctámbulo y bohemio.
Locales como el Café Iris, El Bosco, El Pollo Dorado,
nutrían de anécdotas y de saludables odios literarios
las agitadas sobremesas. El grupo La Mandrágora, capitaneado
por Braulio Arenas, perpetraba sus atentados surrealistas
contra el Parnaso Oficial, comenzando por Neruda y su cohorte.
Nicanor Parra publicaba en la vitrina del restaurante El Naturista
sus críticas-quebrantahuesos. La "Generación
del 50" invadía el Parque Forestal desde el Palacio
de Bellas Artes. Allí se concentraba Luis Oyarzún,
José Donoso, Enrique Lihn, Jorge Edwards, Enrique Lafourcade,
Claudio Giaconi, Alejandro Jodorowsky... En torno a librerías,
teatros universitarios y amplias salas de cine recién
construidas se agrupaba un bullicioso mundo cultural que animaba
los lugares públicos, convirtiéndolos en una
tentación para el ocio, el encuentro y el debate. Hubo
tertulias envenenadas, famosas apuestas, crímenes poético-pasionales.
Aquella "troupe" heterogénea se divertía
con sus propias representaciones al aire libre. fueron los
felices años locos de Santiago.
La adrenalina política anegó la vida del final
de los 60 y del comienzo de los 70. Los muros de la ciudad
sirvieron de soporte a la expresión de las más
coloristas utopías del momento, hasta el reventón
de septiembre de 1973. |
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| De
nuevo en la Ciudad |
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La historia y la intrahistoria capitalina sufrieron entonces
un radical viraje. Después del Golpe Militar; los "graffiti"
fueron borrados; se abolió la noche por decreto; las
expresiones ciudadanas fueron apagadas; el toque de queda
y la ausencia de barbas díscolas imprimieron a la sociedad
un aspecto castrense: Santiago se hizo tan previsible como
las páginas de un silabario. Paralelamente, los empresarios
no encontraban motivos para construir en una capital exánime.
El gobierno militar; fiel a su doctrina económica,
liberó el crecimiento urbano y las edificaciones treparon
alegremente por Providencia, El Golf, La Reina, Las Condes,
Vitacura (lo hacían también por Maipú
y La Florida), hasta toparse de bruces con la Cordillera.
A estas alturas, la metrópoli poseía un cuerpo
de gigante y una cabeza de enano. Sin la referencia a un centro
bien cohesionado, la gran ciudad perdía articulación
y sentido.
En el fervor de la expansión general, no se afrontaron
a fondo los problemas de la comuna. Se realizaron algunas
importantes intervenciones puntuales, como la peatonalización
de Huérfanos, Ahumada y Tenderini; el arreglo de parte
de la ribera sur del Mapocho; la recuperación de la
Casa Colorada, el Museo de Arte Precolombino en el antiguo
recinto de la Real Aduana, y de otros monumentos arquitectónicos;
la restauración de la Plaza Mulato Gil; la construcción
de algunas torres cercanas a la Plaza de la Constitución
y al cerro Santa Lucía.
El terremoto de marzo de 1985 evidenció el deterioro
de los barrios más antiguos y se creó la Corporación
para el Desarrollo de Santiago, institución de derecho
privado cuya finalidad era revitalizar la comuna después
del desastre. La Corporación es presidida por el alcalde
y reúne a representantes de universidades, empresas,
entidades financieras, asociaciones de vecinos. Es un instrumento
esencial para la Municipalidad, y en los últimos años
del gobierno militar fue todavía poco utilizada. De
hecho, los efectos del terremoto quedaron como una enorme
cicatriz sobre la piel de adobe de cientos de modestas casas
de principios de siglo.
Durante esta etapa de decadencia casi terminal, algunos escritores
jóvenes hicieron de Santiago el escenario de desgarradas
novelas. Relatos como "Santiago cero" de Carlos
Franz, "El infiltrado" de Jaime Collyer, "La
secreta guerra santa de Santiago de Chile" de Marco Antonio
de la Parra, "Santiago, cita capital" de Guadalupe
Santa Cruz, "Amanece que no es poco" de Mili Rodríguez,
se pasearon por la sonámbula capital de los años
70 y 80, midieron el alcance de su desamparo. La presentaban
como una trampa tendida por fuerzas secretas y malignas. La
vejación sistemática de un territorio tan querido
es expresada por el protagonista de la novela "Natalia"
de Pablo Azócar; con una amargura mucho más
dolorosa que la de Edwards Bello tres décadas antes:
"Santiago", escribe Azócar "tenía
la peculiar vocación de ultrajarse a sí misma.
Se diría que la ciudad se empecinaba en detectar los
resabios que le quedaban de belleza para pisotearse precisamente
ahí. La oscuridad de sus actores nos tenían
sin cuidado".
La reinstalación de la democracia en Chile, desde marzo
de 1990, devolvió a Santiago algo de su espíritu.
Ante todo, su nombre reapareció en el mapa político,
académico y cultural del mundo. Numerosos conciertos,
congresos, exposiciones, ferias, torneos, seminarios y visitas
de Estado daban cuenta del retorno de la capital chilena al
circuito internacional de los eventos y debates. |
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| El
Repoblamiento y sus estímulos |
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Desde la Municipalidad, se diseño un plan de desarrollo
urbano a fin de repoblar y reanimar la comuna. Para llevarlo
a cabo se estimuló la participación ciudadana
mediante la convocatoria de cabildos abiertos y la creación
de los Comité de Adelantos por barrios, que han resultado
instrumentos muy eficaces para financiar y mejorar los proyectos.
Es el estilo de la reciente democracia vecinal, que promueve
la vinculación del municipio con la comunidad.
Se pinto de variados colores pastel la Alameda, en una operación
con que se pretendía dar una señal hacia una ciudad
más alegre y acogedora. Se dignificaron con objetos de
arte algunas plazas, destacando los fantasiosos juegos infantiles
de la Plaza Brasil, obra de la escultora Federica Matta. Se
arregló y equipo el setenta por ciento de los quinientos
treinta y seis pasajes y cités de la comuna, que se encontraban
en condiciones muy precarias de habitabilidad. Se ha regulado
el comercio ambulante con soluciones urbanísticas aceptables,
como las Plazas Techadas del Persa Bío-Bío.
Pero la preocupación municipal primaria ha sido el vaciamiento
de la comuna, que suponía un derroche y un peligro. Contra
eso acometió, desde el mismo año 90, un proyecto
de repoblamiento que se perfila como un gran desafío
para más allá del 2000. Por lo pronto, el total
de habitantes comenzó a crecer desde el año 92
y la escalada de la cifras de permisos de construcción
de vivienda ha sido notable: subió de 14.734.- metros
cuadrados de 1990 a 339.204.- en 1995, distribuidos estos últimos
entre cincuenta y nueve proyectos habitacionales de 5.749 metros
cuadrados promedio cada uno. Entre los empresarios ya se ha
afianzado la certeza de que la comuna tiene futuro y de que
es alta la rentabilidad de sus viviendas. La Corporación
para el Desarrollo de Santiago ha tenido gran protagonismo en
estas iniciativas y en la creación del nuevo espíritu.
Se perfila para diez años más una comuna de unos
trescientos cincuenta mil habitantes, cuantificada en sus servicios
y revalorizada como ciudad y como capital. El Plan indicativo
de 1996 pretende imprimir magia al damero algo inerte, organizando
mejor los espacios, armonizando la función residencial
en una comuna de barrios con las actividades productivas, comerciales
y sociales existentes donde las personas sean las principales
protagonistas.
Para atraer a las familias de clase media cuyos lugares de trabajo
o de formación se encuentran cercanos, se han realizado
importantes obras de remodelación urbana. A través
de estudios previos, se comprendió que los mejoramientos
había que efectuarlos por barrios, que son unidades más
próximas y sentidas por lo actuales o potenciales vecinos.
Así, se ha llevado a cabo, entre otras, la remodelación
del barrio París-Londres, uno de los espacios más
bellos de la comuna, construido en la década del 20.
El barrio de Concha y Toro fue objeto de una autentica refundación,
según apuntó su Comité de adelanto. Respecto
al señorial barrio República que se extiende en
torno a la avenida del mismo nombre, se ha afirmado su carácter
peatonal, dado el sesgo universitario que ha adquirido toda
esa zona. Se está trabajando también en la recuperación
del Santiago Norponiente, entre el nuevo Parque de los Reyes
(continuación del Forestal) y la Alameda, hasta llegar
a Matucana. Este espacio urbano, tan olvidado durante decenios,
vive una especial reactivación. Allí, por ejemplo,
se realizó el proyecto "Nuevo Santiago", en
torno al Centro Cultural Estación Mapocho, con dos torres
en la ubicación de la antigua Cárcel Pública.
Estas son algunas de las intervenciones más importantes.
Pero más allá de esta necesaria renovación
y repoblación, se está buscando para Santiago,
como hacen las ciudades modernas, algunas señas de identidad
respecto a sus pares de otros países. En ese sentido,
se proyecta convertir la capital de Chile en un gran centro
de servicios financieros, en conjunto con Buenos Aires, Sao
Paulo y Lima. El sostenido crecimiento económico del
país, el prestigio de los empresarios chilenos por su
seriedad en los negocios, le otorgan la posibilidad de desempeñar
el rol de importante sede financiera de América Latina.
Pero no hay que olvidar el prestigio académico, intelectual
y artístico acumulado por Santiago en este siglo. Sería
una gran perdida dejar a un lado esa tradición que todavía
se aloja en la memoria colectiva, tanto de Chile como del exterior:
Junto a una "rive droite" en torno al elegante edificio
de la bolsa y de los grandes centros bancarios, se debe fomentar
también la vitalidad de la "rive gauche" en
derredor de las universidades y los numerosos centros de estudio.
Son el hemisferio izquierdo y derecho del cerebro, el ánimus
y el ánima de nuestra ciudad, la "City" y el
Campus del futuro.
Una utopía racionalista y autoritaria fundó a
Santiago del Nuevo Extremo en el siglo XVI. Ahora se precisa
otra utopía, visionaria, humanista y participativa, para
el siglo XXI. Las iniciativas públicas y privadas que
se están realizando constituyen una promisoria plataforma.
Además, se van uniendo las ideas de la comunidad a los
planes de los técnicos. Esa es la formula necesaria porque
la ciudad es una creación colectiva, y porque los ciudadanos
a veces tienen motivos que los urbanistas no pueden comprender. |
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